
La desmilitarización en una guerra que no es "buena". Visión general del trabajo todavía por realizar tras el fin del conflicto.
El Instituto Heidelberg de Investigación Internacional de Conflictos contabilizó en 2008 345 conflictos, entre ellos 9 guerras y 30 "crisis graves" asociadas con el uso generalizado de armamento. En la mayoría de casos, el recurso a las armas ha estado motivado por enfrentamientos por la preeminencia regional, conflictos de redistribución social, el control sobre materias primas o la violencia terrorista. Incluso en aquellos lugares donde el conflicto se debe a tensiones étnicas ha podido constatarse por lo general la existencia de motivaciones sociales de fondo. El apoyo que las organizaciones de cooperación pueden prestar en tales guerras es muy reducido, y en muchos casos está expuesto a intereses espurios. Pese a lo muy necesario que resulta prestar ayuda a las víctimas de la guerra (por regla general población civil), y pese a la falta de alternativas a esta labor, existe un enorme riesgo de que las partes violentas en conflicto hagan bandera de tales actividades. La labor de las organizaciones de cooperación para paliar los efectos de la guerra contribuye también a la justificación del conflicto.
Es este un dilema para el que existe una única solución, centrada en el núcleo mismo del problema. Más allá de la limitación de la violencia por medio del derecho internacional, es preciso sobre todo combatir las causas de la guerra. Sólo a través de la creación de unas condiciones sociales en todo el mundo que permitan y garanticen el respeto de las personas será posible garantizar que los conflictos del futuro puedan resolverse sin recurrir a métodos homicidas.
En diciembre de 2008, 94 estados se mostraron a favor de prohibir las armas de racimo. Medico defiende desde 1991 la ilegalización de este tipo de armas en todo el mundo: resulta evidente que la labor desarrollada en contra de las minas antipersona (y que Kofi Annan valoró como modelo para una futura política de paz) ha creado escuela. Con la prohibición de las bombas de racimo se pone fuera de la ley un tipo de armas que en 2006 provocó numerosas muertes y mutilaciones durante la guerra del Líbano, principalmente entre la población civil.
El trabajo de Medico en Afganistán se centra en medidas prácticas de desmilitarización. Ya el año pasado, y gracias a la financiación del Ministerio alemán de Asuntos Exteriores, nos fue posible desarrollar extensos programas de desminado. Por muy dudosa que resulte la guerra que la OTAN libra en este país del país asiático, tanto más significativos son los esfuerzos de las ONGs afganas por incrementar el acceso de la población a terrenos cultivables a través del desminado. Si no se producen avances sociales, si no se combate el desempleo y el hambre, ante Afganistán se abre un futuro muy negro. Y ahí radica nuestra crítica a la participación del ejército alemán en el conflicto afgano. Se ha integrado en procesos estratégicos que para legitimarse mencionan los derechos del pueblo afgano, pero que por lo demás tienen como único objetivo incrementar la propia seguridad. Junto con otras ONGs presentes en Afganistán nos hemos dirigido al parlamento alemán por medio de un manifiesto en el que exigimos un cambio radical de estrategia.
Nuestras contrapartes en Afganistán han podido comprobar a menudo hasta qué punto es precaria la situación en el país. Numerosos trabajadores de los Mine Detection and Dog Centers (MDC) han sido víctimas de la guerra. Tres técnicos de desminado han fallecido, otros dos han sufrido graves heridas y en tres ocasiones un equipo entero de MDC ha sido víctima de un secuestro: en todas ellas sus integrantes fueron liberados posteriormente sanos y salvos, a cambio de perder su costoso equipamiento. Pese a todos estos reveses, el MDC no ha tirado la toalla. En 2008 despejó 149 campos de minas, en una superficie equivalente a la de 1.622 campos de fútbol que ha podido ser reintegrada a la población civil. La policlínica que mantienen en Kabul, cuya oferta abarca desde medicina general hasta servicios de odontología, ginecología y fisioterapia, atendió durante el año pasado a una media de entre 120 y 150 pacientes diarios, principalmente mujeres de la región. Con los medios obtenidos a través de donaciones, Medico financió la organización de terapias de grupo a cargo de una psicóloga para crear un espacio seguro para mujeres en el que estas pudiesen hablar libremente sobre las consecuencias psíquicas de la guerra, un proyecto novedoso desde cualquier punto de vista en Afganistán.
El ejemplo de Sudáfrica deja bien a las claras hasta qué punto es ilusorio creer que el recurso a medios bélicos para alcanzar objetivos políticos puede ser una decisión puntual que más adelante puede desactivarse sin mayores consecuencias. Los efectos de la guerra y de la violencia no se limitan a la duración del conflicto armado. Las guerras transforman las sociedades y provocan daños que perviven a menudo durante varias generaciones. Desde hace muchos años, por ejemplo, trabajamos junto a nuestras contrapartes en Sudáfrica para paliar las consecuencias del enfrentamiento entre el movimiento Inkatha y el ANC, omnipresente durante los años noventa del siglo XX y que en un principio fue instigado desde el exterior del país. Gracias en buena medida al apoyo del Servicio Mundial de la Paz y a los desvelos de nuestra colaboradora Usche Merk, en 2008 fue posible firmar la paz 20 años después de la fase más aguda de los enfrentamientos. Al mismo tiempo comenzaron las labores de asistencia a aquellos jóvenes adultos que no sólo precisan perspectivas sociales, sino que también deben evaluar y aceptar la propia percepción de su persona, necesariamente marcada por la violencia.
Medico destinó en 2008 un total de 2.691.385 € al trabajo de nuestras contrapartes afganas, asistido por los medios aportados por el Ministerio alemán de Asuntos Exteriores.
